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09 de Julio
DÍA DE LAS BATALLAS DE PUCARÁ, MARCAVALLE Y CONCEPCIÓN
El gran maestro e historiador Jorge Basadre, sostenía: la “síntesis social peruana no se ha realizado aún. El pasado peruano no es algo colmado ni admirable, y el Perú sigue siendo una serie de compartimientos estancos, de estratos superpuestos o coincidentes, con solución de continuidad. Por todo ello, el nacionalismo que, en otras partes, no es necesario o, fatalmente, está superado, urge aquí. En otras partes el nacionalismo es algo destructor; aquí debe ser constructor. Constructor de conciencia y constructor de soluciones. En otras partes es ofensivo; aquí necesita ser defensivo. Defensivo contra el ausentismo y defensivo contra la presión extranjera, de la absorción material o mental.
Ésa es la más alta función de la Historia: ver no sólo lo que hemos sido sino lo que no hemos sido. Ésa es la función del patriotismo: ‘conocimiento de la tierra de los padres y construcción de la tierra de los hijos’. Patria dícese, tierra de los padres; pero más bien debería decirse, dentro de un vocablo bárbaro pero más exacto Patrifilitria, tierra de los padres y los hijos.
Quienes únicamente se solazan con el pasado, ignoran que el Perú, el verdadero Perú, es todavía un problema. Quienes caen en la amargura, en el pesimismo, en el desencanto, ignoran que el Perú es aún una posibilidad. Problema es, en efecto y por desgracia, el Perú; pero también, felizmente, posibilidad”.
Con ese convencimiento, agrega que necesitamos una historia del Perú sana y amplia que suscite cariño a la tierra y al hombre peruano de todas las regiones, que suministre o prepare para suministrar una visión orgánica de la formación del país a través del tiempo y de su significado en el mundo y que despierte la conciencia acerca de la común tarea de un destino mejor. En otras palabras, necesitamos una historia del Perú al servicio del querer intencional nacional.
Esta gran tarea, para la que don Jorge Basadre convoca a los maestros y autores de textos, motiva la reflexión sobre la gesta histórica de resistencia en tierras de Pucará, Marcavalle y Concepción.
Estos sucesos ocurrieron en el contexto de la guerra que Chile declaró al Perú el 5 de abril de 1879, país que ya había invadido el Perú cuando la Confederación Peruano Boliviana abría la posibilidad de reunificar a nuestros dos países, anhelo que puso fin la Batalla de Yungay (29 de enero de 1838), cuyo acaecimiento Basadre consideró “una página de aflicción en nuestra historia”.
Cabe anotar que este precedente de la guerra del pacífico se evidencia con la marcha o himno del ejército chileno que sigue siendo ‘Yungay’, en memoria de la citada batalla en que intervino el llamado “ejército restaurador”. Esa fuerza, que en una segunda incursión llegó de Santiago con 5,400 hombres, desembarcó en Ancón y luchó hasta derrotar a las tropas de la Confederación Perú-Boliviana que encabezaba el mariscal boliviano Andrés de Santa Cruz.
Por cruel ironía, los recelos de peruanos, especialmente los refugiados en Chile, originaron que las cuatro divisiones de ese “ejército restaurador” estuvieran “bajo el mando de Torrico, Eléspuru, Vidal y Castilla, todos peruanos.
Años más tarde, cuando Chile nos declaró la guerra, la sociedad se sentía confiada en un desarrollo rápido del conflicto. Los periódicos de la época exaltaban el patriotismo y no trataron el conflicto objetivamente. Chile era descrito como un país pequeño, carente de recursos y de poca población, incapaz de hacerle mella a un país poderoso como el Perú.
Las primeras acciones de la guerra fueron en el mar. Perú contaba con dos barcos de mediano tonelaje, el monitor Huáscar y la fragata Independencia. El resto de naves eran viejos barcos de madera que a veces servían como baterías flotantes o para el transporte de tropas. Chile, por su parte, poseía barcos modernos y de menor antigüedad. Sus blindados poseían más de 5 pulgadas de blindaje que los peruanos. En estas condiciones, el Perú se encontraba en diferencia numérica, más el arrojo y valentía de sus hombres lograron que el conflicto en el mar dure más, cerca de 6 meses.
El primer combate fue frente a las costas de Iquique el 21 de mayo de 1879. En este enfrentamiento, el Perú perdió a su mejor nave: la Independencia, tras encallar en un banco de arena. Por su parte, el monitor Huáscar hundió a la Esmeralda. En este combate murió Arturo Prat, héroe de la marina chilena.
Entre Mayo y Octubre el Huáscar sorteó a la escuadra chilena, atacó varios puertos del país sureño y capturó al transporte Rímac. La situación provocó una crisis en el gobierno mapochino. Se ordenó dar caza al monitor peruano. El combate de Angamos, ocurrido el 8 de octubre de 1879 significó la inmolación de Grau y su estado mayor. Sin poder huir, Grau ordenó la retirada de la Corbeta Unión y se enfrentó valientemente a toda la escuadra chilena. Sin marina, el Perú no se encontraba en condiciones de ofrecer resistencia alguna. Chile se disponía a invadir y el Perú se defendió heroicamente hasta el término de la guerra.
La sierra central resistió las entradas del ejército chileno. Dirigida por Andrés Avelino Cáceres, la campaña de la Breña desencadenó memorables acontecimientos, como los ocurridos en Pucará, Marcavalle y Concepción, y que Luis Alayza Paz Soldán relata brevemente en “La Breña 1882”.
“Ocupaba la División (del ejército invasor) el coronel del Canto-dice Paz Soldán- el pueblecito de Marcavalle cuando el Ejército Nacional inició el ataque, muy de madrugada, con una descarga de artillería, es decir, de sus cuatro cañoncitos. El General (Cáceres) en persona a la cabeza de sus desmedrados batallones avanzó audazmente sobre el enemigo, que comenzó a retroceder por escalones hasta Pucará, donde se parapetó para organizar la resistencia; pero se produjo lo que Cáceres había anunciado con la herradura de caballo en mano: empezaron a caer sobre él las indiadas de Carrera y de Gálvez, cundió la desmoralización y la División entera echó a correr por el único camino posible, el de Huancayo.
Con su catalejo contemplaba el General el inexplicable espectáculo del orgulloso batallón “Santiago”, el más escogido de Chile, que volaba por el ancho camino dejando más de trescientos cadáveres. El parque abandonado era un botín de valor inapreciable: doscientos fusiles modernos, abundantes proyectiles, vestuario y calzado, caballos, mulos y hasta la caja del cuerpo con unos cuantos miles de soles. Y todo esto, sin motivo que lo justificase; porque si bien el jefe peruano nunca dudó del éxito, esperaba encontrar una resistencia esforzada y sostenida durante largas horas, sin soñar que se le obsequiaría una victoria de tanta importancia material como trascendencia política.
Ni siquiera los heridos y los cadáveres de los jefes y oficiales chilenos fueron recogidos por los fugitivos en el momento del sálvese quien pueda, y aún después de pasar a la carrera por Huancayo, sentíanse inseguros teniendo a Cáceres cerca. Al llegar a Concepción tuvieron la espantosa sorpresa de encontrar desierta la pequeña ciudad y en la plaza a los 73 cadáveres de su guarnición. El plan de Cáceres se había cumplido a cabalidad.
En un fragmento del Parte del Coronel Secada al General en Jefe del Ejército del Centro, se lee: “Consecuente con el plan se había ordenado (después de iniciada la persecución del enemigo vencido en Marcavalle y Pucará) que marchara sobre Acostambo, dos leguas al norte de Tarma, un cuerpo de guerrilleros, que unidos a los de aquel pueblo, cerraron por ese lado el paso al enemigo que hasta el 17 permanecía ocupando la ciudad, sin dar muestras del propósito de retirarse de ella…En la precipitada fuga emprendida por el enemigo, ha dejado mucho armamento, municiones, ganado y acémilas, que se han tomado”.
Finalizamos este recuento histórico con el comentario de don Jorge Basadre sobre la gesta epopéyica de Cáceres en la campaña de La Breña: “Los harapos de sus soldados brillaban como una bandera al sol. Parecía este puñado de hombres llevar la patria en brazos. Y hubo momentos en que pudo decirse que en el Perú no relucía oro de más quilates que la espada de Cáceres. ¡Cuántas veces tuvo seguramente que apoyarse en su caballo macilento, parado en los estribos de bronces, para no caerse de cansancio y de pena! Y sin embargo, ante amigos y adversarios, pareció siempre listo en aquella contienda desmigajada e intermitente”.
Susana Alvarado Liñán
Boletín Pedagógico Huascarán
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